Golpean
tu puerta, al esclavo de dios siendo un pobre diablo.
Decir que la casa está limpia deja la estancia rota
de mentiras, por eso mientras limpio rezo porque alguna vez logre decirlo. Pero
es casi imposible si el gato se suelta el pelo, entonces, la casa está, lo que
es decir que existe y alguna vez será las ruinas de una antigua civilización.
El placard difícilmente logre eludir los años, su madera rojiza sobrevendrá la
nada, a no ser que los estantes se petrifiquen; por suerte el enrollo de ropas
se disolverá como un jugo de pomelo. Cuando en la distancia alguien quiera
saber algo de mí, siendo ya museo este templo, tocarán las paredes marmoladas,
y las hadas del mármol les dirán quienes fui. Ser Atenea en Buenos Aires y
vivir en Boedo suele ser una tarea difícil. Aunque es cierto que una
construcción italiana de casas tipo chorizo tienen la ventaja de sus paredes de
cuarenta y cinco centímetros en comparación con las construcciones modernas de
paredes finas. Gracias a la intimidad que me confieren, mis vecinos saben poco,
paso desapercibida por las calles fingiendo ser quien no soy, para mi
tranquilidad y la de todos. ¿Quien podría entender que Palas Atenea es su
vecina?
Por eso guardo el secreto, para no desequilibrar el
normal funcionamiento de una mente en tratativas de adaptarse a la causalidad.
Aunque convengamos, la casualidad también existe. Como aquel día que paseando
por la plaza de San Telmo creí ver la figura pictagórica, una mezcla de la
armonía matemática de mi amigo Pitágoras y la pintura, ya para este momento del
relato surrealista de Homero. Alguien podría confundir a mi Homero de la Odisea
con un tal Simpson, yo hablo de aquel que inauguró la literatura olvidándose de
mí. Helena me quitó todo el brillo, esa cualquiera que se tiró en brazos de
cuantos hombres estuvieran dispuestos a guerrear. La diosa soy yo, che. Está
bien que ahora vivo en Argentina por esos cruentos destinos que me trajeron a
esta tierra de naturaleza exuberante pero lejana a la Av. Corrientes de noche.
No es fácil ser una desconocida después de tanta fama. A veces extraño que se
brinquen de rodillas a mis pies y me imploren como en los viejos tiempos. Obviamente
no tengo pareja, nadie tiene la sutileza de conquistarme. Tuve una infancia
difícil, Zeus mi padre, era el único hombre que podía con mi complejidad, pero
siempre me costó perdonarle lo de la vaca, mi madre quedó destruida. Ahora está
de gira por el Oriente. Lo último que supe de él fue que escapó de la cárcel y
raptó una musulmana. Con Adonis nos separamos hace 500 años en Montecarlo. El
gobierno griego me gira algunos euros de una pensión especial para trabajadores
del Olimpo. Podría estar mejor, lo sé, pero ya a nadie le interesa saber sobre
los dioses griegos, ya no nos adoran, nos estudian. Estudiar no es adorar.
Adoraciones eran las de antes, gente gritando, cantando, bailando, entregando
sacrificios animales. Ahora en el templo los fieles son turistas japoneses. Los
dioses griegos estamos en la ruina. Me fui de Atenas para no ver la decadencia.
Pienso que esta casa es especial, sus paredes me dejan tranquila, van a
aguantar, lo sé, y en un futuro habrá miles de fieles turistas disfrutando del
placard petrificado o del gato embalsamado, cerquita del Obelisco, en la otra
punta del continente griego para mal de los vanidosos que creen ser el origen
de la cultura occidental. El origen soy yo que retorno a la fuente de los
Españoles y me río de rodillas a la Meca de Palermo. Total siempre hay tiempo
para buscar mis pertenencias en el museo de Inglaterra. Mientras, disfruto de
esta casa tipo chorizo en Buenos Aires; "chorizo" palabra de difícil
traducción.


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