Fui esa mujer que te mira desde la foto, mis ojos los dejé retratados para vos. No fue fácil. Me
tiré de un renglón del poema al cemento de tu corazón para morir aplastada por el odio. Ahora
sigo en otro cuerpo, el cuerpo que nunca tocaste.
Soy la sombra que me sigue en la oscuridad de la calle, una obra inacabada en tu bolsillo de
pobre que juega con las armas de la resurrección. Me fui haciendo libre en un catálogo. Ahí
donde un like pesa más que el paso de un soldado por la puerta. Sagrado es verme correr la
liebre del campo inventado en una foto de instagram para que me aplaudan. Porque al final se
corre el telón y estamos desnudos viendo un público infame. Me tiro tomates que junto para
la ensalada.
Sigo escribiendo la peste que evito para que así nos tenga miedo y no ocurra. Me fui una vez
de la puerta de la felicidad para caminar por el precipicio de la maldad y te deseé la muerte,
Raquel, sin saber que ya estabas muerta. Cuando lo supe tuve piedad. Quise revertir mi
hechicería pero era tarde. Tu cara murió en un gesto que quisiste congelar en el tiempo. No
estás más debajo de ese rostro. Y miro tu foto y no estás. Borraste tu cara del álbum de
figuritas y se repite la tarde vacía en mi almanaque.
Cuantas fotos nos congelan pero no saben que forman parte del futuro. Cómo vamos
distinguiendo las almas de los cuerpos. Y somos un rayo de luz en una lente que no hace más
que cerrarse y abrirse como un diafragma inepto. Me cobijo de la luz con la oscuridad de tu
roce. Somos estacas que pelean porfiadas sus finales.
Whisky!
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