Supe que era él cuando lo vi. Giraba como un trompo y se miraba la
espalda. Quise detenerlo pero fue inútil, me atreví a decirle que la tierra
para, que las estrellas se congelan en su tiempo confuso también, pero me dijo
que todo continúa siempre, que detrás de un horizonte hay otro horizonte
esperando y que si amanece, anochece, y que si llueve la nube se corre y el
rayo pasa como una furia a romper esa casa, ves, donde los campesinos riegan la
cosecha que crece porque llueve, y yo giro porque giro.
Supe que era él pero sus ojos se perdían, tuve que correrlo de costado mientras
seguía dando vueltas y los nenes que jugaban en los toboganes y las hamacas
hicieron una ronda para aplaudirnos. Ya estaba cansada de correr alrededor pero
era la única forma de hablarle, pensé en los perros que giran para morderse la
cola y que quizá darle mi mano para que me mordiera lo tranquilizaría, pero la
besó, por un instante paró su violenta gira e hizo una reverencia.
Supe que era él cuando quise abrazarlo y me quedé con las manos abiertas
chocadas contra su cuerpo que siguió de largo, pensé que no podía ser eterna
esa marcha en el lugar, que en algún momento se rendiría como una perinola al
caer con una de sus caras del juego, diciendo todos toman o nadie pierde,
cuando le dije que un Perinolo tiene pocos años de vida me miró, le dije que me
diera una de sus caras para saber quien era, que perdía el rostro en cada
vuelta, que sus ojos eran una foto movida, entonces dio un salto frente a mi y
me acarició la mejilla, entonces supe que yo sólo quería interferir en un
destino ya marcado, en un destino que no va en línea recta hasta un final, en
un destino que es un espiral, que no avanza ni retrocede, que da vueltas, y en
cada vuelta todo recomienza.
Supe que era él cuando me dijo, no hay futuro ni pasado, sino esta
tierra que gira como yo y que no me suelta, soy la manzana que cayó en la
gravedad y nadie la levantó del piso, pero rodó pendiente abajo, soy el muñeco
de una vidriera que llama la atención para que los que caminan rápido se paren
a verme, soy la violenta resistencia de la muerte cuyo piano en la cabeza no me
puede alcanzar, soy quien nunca cruza la calle, ni enamora a una dama, o sí, y
me tiró un pétalo que sacó del bolsillo.
Y supe que era él porque las hojas de otoño no paraban de caer hasta que
se tropezó y cayó en el colchón de hojas mirando el cielo con las manos
abiertas, me acosté a su lado y ahora veíamos el movimiento de las nubes
riéndonos y descubrimos la cara de una oveja, un avestruz, nos fundimos en un
beso eterno que paralizó la tierra y con ella nuestros corazones, morimos,
literalmente morimos de amor, de agotamiento, juntos, y los caballitos blancos
de la calesita de la plaza nos llevaron al cielo, sin escalas.
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