miércoles, 24 de octubre de 2018

El destino de Dios



Una lápida. El diablo, vuelto en sí. Con los ojos puestos en tu camino. Divide la senda que nos ha de buscar. En el final de un sin sentido arrojado a la nada. Dios se acerca a las puertas del infierno, reza, y grita en una voz que sorprende, cruel. Puede que alguien le abra, o lo eche. Mientras los papeles de su guión se queman. Nuestra vida entera está tirada al borde de un rincón sin paredes. Esperando. Solloza. Se mece. Marea al viento. Tira un rayo a una nube desconocida. Y crece la lluvia en tus ojos.


1 comentario:

Jorge Curinao dijo...

Qué lindo, poeta. Me gusta mucho esa forma.