para divisar esta tierra de nadie que se siembra sobre mi;
juegan las palabras su juego preferido de decir
y entonces apareces serpiente en el árbol de los frutos prohibidos
para abrazarme, tomar mi costilla, someterme a nacer;
y así, desvestido, con la piel en tus escamas,
te cuelgas del espanto de mi cuello,
y ríes de miedo, de amor, con la ternura del veneno agigantado
hundiéndose en mi luna llena de sentidos vacíos;
y yo, gimiendo al margen de un poema, perdiendo el rumbo,
casi desmayada, descanso sobre ti, viva y muerta.
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